Desde que arrancó la cuarentena se ha hablado (y aconsejado) constantemente sobre la productividad, el home office y la introspección que deberíamos buscar en esta situación “excepcional”. Sin embargo, entre tantas recetas de cocina, llamadas por Zoom y videos de ejercicios, en muchos hogares la privacidad quedó relegada.
Los adolescentes vivencian esto como un “doble encierro”, sobrecargado de conversaciones y de exigencias que los llevan -cada cierto período- a dar un portazo y refugiarse en su habitación. Un santuario en donde se busca respirar a solas, y que también incluye el autoconocimiento del cuerpo.
“Como padres hay que contemplar que nuestros hijos tienen necesidades propias de la edad. Lo cual implica que ya habían comenzado una vida sexual activa o estaban en pareja. Por eso, es menester respetar su intimidad y no cortarles los momentos de encuentro personal ni los huecos de reunión con sus enamorados”, explica la psicóloga Constanza Escalante.
Ayda (17 años) va al último curso y desde hace cinco meses sale con Benjamín. Inquieta por la distancia que los separa desde Yerba Buena al microcentro, durante la segunda semana de aislamiento amenazó varias veces con escaparse para ver a su novio.
“Es difícil porque tener discusiones en esta época lleva a que todos los que compartimos la casa nos irritemos. El 'no' fue rotundo por la falta de conciencia y egoísmo. Vivimos con mi mamá, y ella sabe los riesgos que trae la enfermedad para los adultos mayores”, detalla Fabio, su papá.
Sin lograr el entendimiento mutuo, un día su pareja apareció en la puerta (luego de tomar un colectivo) y el malestar empeoró. “Con mi esposa intentamos ser tolerantes y lo recibimos por unas horas. Al despedirse la charla fue crítica. Le dijimos a ambos que los encuentros jamás se repetirían durante el aislamiento. Hubo mucho enojo y llanto por parte de Ayda, y aún vivimos días en que cuesta almorzar por los comentarios hirientes que hace”, lamenta Fabio.
“La adolescencia se caracteriza en parte por los deseos sin medias tintas y por la impulsividad. Ellos también extrañan el contacto físico, la sorpresa de los roces con aquellos que quieren y la intensidad de los encuentros al recién comenzar a experimentarlos”, destaca el sexólogo Gabriel Boschetti.
Es así que esta licuadora de emociones conduce a los padres a dialogar con ellos sobre sexualidad. ¿Justo ahora? Sí, por dos motivos. El primero, porque siempre viene bien. Y el segundo, porque la hiperpresencia paterna y materna (involuntaria) trastocó sus hábitos de alcoba.
“Podrán parecernos detalles mínimos, pero cosas como no tocar la puerta antes de entrar y la intrusión permanente les impide a los jóvenes continuar con la exploración corporal, la masturbación o estimulación con videos, libros y fantasías. El miedo a ser escuchados o sorprendidos acaba por generarles una sensación de alerta permanente”, asegura Boschetti.
La amena charlita
De la intención a los hechos, el camino es largo. ¿Cómo se debe encarar la charla sobre sexualidad (referida a un abanico mayor que el mero acto sexual)? “Primero hay que informarse y resetear los datos que nosotros mismos conocemos. Si hablo con mis hijos desde mis tabúes o miedos, ellos no me van a escuchar, porque ya saben a qué me refiero y lo vivencian diferente”, comenta la sexóloga Mariana Luna.
El asunto es que en bastantes hogares existe un conflicto previo. “Hay familias en las cuales los padres no han construido relaciones basadas en el diálogo, el respeto por la intimidad o la educación sexual. En estas casas queda implícitamente asentada la idea de que hay cosas de las que no se habla y acá entran el sexo, la masturbación, la salud y el placer de los adolescentes”, señala la profesional. Esta última palabra (el placer) es lo que más temor (y rechazo) genera en los padres.
“Las conversaciones suelen limitar la sexualidad a los anticonceptivos y el preservativo para evitar enfermedades. No se trata de darles un condón a nuestros hijos y largarlos al mundo. Ni tampoco presentarles una película porno para que conecten su goce a algo irreal. La educación pasa por brindar opciones reales”, acota Luna.
Por último, resta acabar con el concepto erróneo de decidir con un “piedra, papel o tijera” quién de la pareja hablará. “El binomio mamá-hija, papá-hijo no es válido porque es seguir sosteniendo la vergüenza. Estamos educando a los chicos más allá de nuestro género. Quien porte la voz debe ser aquel adulto del grupo que tenga los conceptos más claros y los transmita desde el sentido de la responsabilidad. Aceptando que la salud sexual no es un modelo médico asistencial”, detalla.
Sexting
La práctica es histórica, pero se convirtió en el haz digital a la hora de reconectar enamorados. Los jóvenes saben más de sexting que nosotros (démoslo por hecho) así que acá lo central es insistir en una arista que sobrepasa las configuraciones del celular.
“En el frenesí de extrañar y parchar las carencias hay quienes se sienten forzados por su pareja a tener sexo virtual o enviar fotos. Y puede que el miedo a perder la relación los lleve a hacerlo aunque se sientan incómodos. Como padres hay que remarcarles que estas situaciones representan puntos de violencia en el noviazgo y que no están obligados a nada”, enfatiza Escalante.
Luna resalta las recomendaciones básicas que deben adoptar, una vez fijado el consenso, aquellos que incursionan en los mensajes hot: jamás escribirse con extraños, evitar mostrar partes del cuerpo que sean fácilmente reconocibles (tatuajes, lunares o cicatrices) y cerciorarse de que el material no es compartido a un tercero.
Actualmente tenemos tiempo, sólo hace falta que te animés a tocar la puerta y conversar de “yo a vos”. Los complejos, que esperen afuera.